Bildungsroman o novela de aprendizaje es la traducción castellana de un término alemán consagrado en la crítica literaria internacional (Bildung: educación, formación), con el que se designa en la crítica literaria un tipo de novela (roman), cuyo protagonista va desarrollando, a lo largo del relato, su personalidad en esa etapa clave que va de la adolescencia y juventud hasta su madurez. En dicho período se modela su carácter, concepción del mundo y destino, en contacto con la vida, que le sirve de escuela de aprendizaje a través de las más diversas experiencias. Esta modalidad narrativa responde a un motivo característico de la novela, como género, el de la búsqueda. Su argumento encarna uno de los esquemas prototípicos de la novelística universal: “el joven o la joven que pretende descubrir su propia naturaleza y la del mundo”, superando dificultades y riesgos que ponen a prueba su personalidad y virtudes. En estas obras, como en Falsa Coral, un elemento fundamental es el concepto de viaje, entendido en sentido geográfico, como vía de conocimiento del mundo exterior, o en un sentido metafórico, como un buceo en el interior del hombre. En todo caso, se trata de un medio de iniciación a la vida, de ruptura con el mundo anterior de la adolescencia para liberar y desarrollar las propias potencialidades de la personalidad y crear un propio esquema de valores y proyecto de vida. Las distintas experiencias de ese itinerario existencial (obstáculos, riesgos, soledad, encuentro benefactor de personajes auxiliares, descubrimiento del amor, etc) constituyen hitos importantes en esa carrera de aprendizaje y desarrollo del héroe o heroína hasta alcanzar la madurez.
Mi obra tiene una geografía, como tiene una genealogía, con sus familias, lugares, objetos, personas y hechos; como tiene blasón, nobles y burgueses, artesanos y campesinos, políticos y petimetres, un ejército; en resumen un mundo. Balzac, prefacio a la comedia humana (1842)
En los estudios literarios, realismo es una palabra que puede resultar equívoca debido a la variedad de sentidos que ha ido acumulando a lo largo de su rica y fluctuante historia. En Palabras Claves Raymond Williams traza un recorrido histórico del término. Recuerda que en el siglo XIX fue un vocablo utilizado con cuatro significados: en el campo filosófico como a) doctrina opuesta al nominalismo y b) término que describe las nuevas teorías naturalistas del mundo físico; en la vida cotidiana como c) descripción de la actitud de enfrentar las como realmente son y no como las imaginamos; y en la literatura y el arte como d) un método o una actitud que ofrece una descripción verosímil del mundo. Esta última acepción es la que ofrece mayores dificultades. Puede entenderse el realismo como una limitación pues “lo que se describe o representa se ve sólo superficialmente, en términos de su apariencia exterior y no de su realidad interna” o dicho de manera más precisa, “hay muchas fuerzas reales –desde sentimientos internos hasta movimientos sociales e históricos subyacentes- que no son accesibles a la observación corriente”. Esta censura parece reflotar la concepción idealista latente en la acepción a). En la superación de esta limitación se fundamentan algunos de los requisitos que Lukács va a reclamar al realismo moderno. La última objeción consiste en afirmar que el medio en que se produce la representación – la lengua, la piedra, la pintura, etc- es de naturaleza diferente de los objetos representados, de manera que el efecto de representación verosímil no es más que una convención artística particular.
René Welleck observa que en Francia el término realismo se aplicó por primera vez a la literatura concreta en 1826, cuando en el Mercure de France se afirmó por primera vez que “esta doctrina literaria que gana terreno todos los días y conduce a la imitación fidedigna ya no de las obras maestras del arte sino de los originales ofrecidos por la naturaleza podría llamarse realismo”. Por entonces equivalía a color local. Pronto se transfirió a la descripción minuciosas de las costumbres contemporáneas en Balzac, Stendhal, etc. Su significado se cristalizó en 1850 en torno a la pintura de Courbet y a las actividades literarias de Champleury, quien en 1857 publicó un volumen de ensayos titulado El Realismo, con el cual difundió un credo literario formulado mediante ideas muy simples: el arte debe ser una representación verdadera del mundo real; debe estudiar la vida y las costumbres contemporáneas a través de la observación meticulosa y el análisis cuidadoso; este estudio debe realizarse de manera desapasionada, impersonal y objetiva. Si bien Welleck reconoce que la cuestión del realismo está presente en toda la historia del arte y la literatura y que desde Aristóteles la gravitación del concepto de imitación en toda teoría crítica es una prueba del persistente interés en el problema de la relación del arte con la vida, limita el concepto de realismo a la referencia ya no de un estilo artístico que se manifiesta a lo largo de la historia, sino a una tendencia dominante en el arte principalmente durante el siglo XIX. Realismo será para Welleck “la representación objetiva de la realidad social contemporánea”. En el contexto histórico europeo, esta definición se opone tanto al romanticismo como al clasicismo. Que la representación sea “objetiva” implica un rechazo de lo fantástico, lo alegórico y lo simbólico, así como también una exclusión de lo improbable y de los episodios extraordinarios, en tanto que la realidad estaría concebida como el mundo ordenado del siglo XIX, un mundo de causas y efectos, en donde ya no caben los milagros. El término realidad efectúa además un movimiento de inclusión: lo feo y lo bajo ahora son asuntos legitimados, y temas tabúes como el sexo, la enfermedad y las miserias humanas serán admitidos en el mundo del arte. Esta definición incluye aspectos formales como la objetividad de la representación pero también alude a los contenidos, al considerar la incorporación de temas sociales considerados bajos.
En Argentina es muy difícil reconstruir una vigorosa tradición realista si se trata de seleccionar un conjunto de obras de un considerable valor estético. Un crítico, Miguel Dalmaroni, afirma que los libros argentinos cuya significación sólo puede explicarse mediante una fuerte vinculación con las poéticas realistas “pertenecen más bien a la historia de la mala literatura”. Por esa razón María Teresa Gramuglio debe agudizar toda su perspicacia para trazar el mapa del imperio realista en nuestro país. Frente al territorio literario escasamente poblado de nuestro siglo XIX, Gramuglio recurre a “El matadero” para señalar un punto de partida de la tradición realista nacional. Así, rescata del texto de Echeverría “la hibridez genérica y lingüística” y “la representación cruda de aspectos brutales de la realidad” apuntando a “la crítica del presente”, no sin antes desbrozar otros registros como la idealización romántica y el cuadro de costumbres. El recorrido prosigue con las novelas naturalistas surgidas en la década de 1880, continúa con Fray Mocho y Roberto Payró para constituir en adelante con Gálvez, con Quiroga, con Lynch, con el sainete y el teatro social, con Boedo, con Arlt, la tendencia dominante de las primeras cuatro décadas del siglo XX. La declinación de la hegemonía del realismo, concluye Gramuglio, no significa su extinción. Por el contrario, esta tendencia se transforma al mezclarse con los descubrimientos de la novela norteamericana y las experiencias vanguardistas europeas, para dar lugar a “buena parte de la mejor narrativa argentina de la segunda mitad del siglo XX”.
Capítulo 9 página 83. De casa al trabajo.
“No harás nada que no quieras. Esa es la regla de oro /otro de este sitio”
Todo texto constituye una sociedad, y esto se liga con la idea de que toda literatura modela un mundo, digamos, es un modelo del mundo, y que desde el punto de vista de lo social o lo ideológico, se analizan los textos como micro-comunidades, estableciendo en esas micro-comunidades de qué modo se relacionan los personajes no solo verbalmente sino por acciones. Todo en la literatura es toma de posición. Todo es valoración, en todos los niveles textuales. Exagerando podríamos decir que la sintaxis constituye también un universo ideológico. El campo cultural, literario, estético-poético es un campo de enfrentamiento y de toma de posiciones. La literatura siempre cuestionaría la ideología desde una función crítica, trabajando, en cierto modo, sobre lo no dicho, o sea, la literatura deja lagunas y agujeros y es el lector quien los llena de sentido.
Podríamos plantear como hipótesis de lectura de que existe un trabajo específicamente inconsciente sobre el lenguaje que constituye a la literatura en uno de sus atributos singulares. Más allá o más acá de cualquier noción de realismo. Uno podría especular que sujeto y literatura se dividen entre el deseo y la ley, o sea, entre realizar el deseo y acatar la ley, que es prohibición siempre. Está siempre divido entre el cuerpo y la lengua; la lengua como código, como lo simbólico, y entre los impulsos y la práctica social. Este sujeto divido, contradictorio, tironeado, produce formaciones mixtas y produce subversión de códigos, en el sentido en que los códigos estables y estructurados del lenguaje, los códigos sociales, normativos, etc. son subvertidos por el trabajo del otro, el otro, como llama Lacan al inconsciente. El inconsciente es el otro. También es con el inconsciente con lo que escribimos, y por eso nos vemos aprisionados en la regla del Otro, es de ahí desde donde queremos huir, a través de la literatura.